martes, 24 de mayo de 2011

1020

Gente que descubre cosas diariamente, gente que aprende de sí misma, de las cosas que lee, de las cosas que ve, de las cosas que le pasan.Gente que se declara ignorante con una sonrisa en la cara. Nos preguntamos no sin cierta preocupación qué clase de gente es ésta que siempre aprende algo nuevo antes de irse a la cama y si se han parado seriamente a reflexionar sobre la realidad que les rodea alguna vez. Porque , a ver, está bien ampliar bibliografía, pero es que aquí no se está hablando de eso: estamos hablando de gente para las que la realidad es un milagro inesperado porque la vida, según ellos, esconde un componente mágico que es como una continua sorpresa. Usted, en suma,puede ser muy listo, pero vendrá el realismo mágico y lo pillará en bragas.

Desconfianza. Profunda desconfianza. Si algo sorprende del mundo , una vez que uno se familiariza con él, es su increible tenacidad. Los hábitos, los gestos, los modos, tienden a perpetuarse de mil formas distintas para seguir siendo lo que siempre han sido: estructuras de poder. ¿ Aprendemos algo? Lo que deberíamos haber aprendido a estas alturas es a reconocerlas bajo su rostro cambiante. La vida puede ser una aventura pero no por desconocida, sino porque hemos aprendido a sortear los obstáculos y hemos tomado nota. Guardamos un registro mental de lo que para nosotros significa todo lo interesante y , precisamente por ello, la realidad no puede desbordarnos. Para los idiotas , la realidad es una sorpresa. Para el resto, la realidad es una construcción. Uno pone deseo en la realidad a la vez que recibe resistencia. Sin fricción, no hay conocimiento. Si todo te sorprende continuamente, entonces tu problema es sexual porque te has mantenido virgen y a salvo de realidad. Un modo de estar en la realidad que implique la continua sorpresa nos sume en la perplejidad , pues el pensamiento, si es algo, es profilaxis y capacidad de anticipación. Es más: aspiramos a que la vida nos sorprenda cada vez menos. Porque no lo necesitamos y porque en eso y no en otra cosa se basa la construcción de un carácter.

lunes, 16 de mayo de 2011

1019

El daño que ha hecho el mito de la ciencia puede rastrearse en el conocimiento que tenemos de los demás, en la lupa analítica que solemos aplicar a las personas que decimos conocer. Siempre hay alguien que intenta corregirte y darte una visión menos sesgada , un punto de vista que intenta obviar el contacto. Lo que te voy contar , vienen a decirte, no te lo digo porque conozca al sujeto en cuestión: te lo digo porque es lo que creo. Tanto es así que, poco a poco, sin que ningún miembro de la familia lo pretenda, se va creando una pila de desechos intersubjetivos que terminan constituyendo la imagen pública de cualquiera. Esta rémora, como todas las construcciones sociales, tiene tendencia a retroalimentarse y es por eso que hay días en que te descubres a ti mismo combatiendo opiniones singulares de científicos sociales y refutando tesis holísticas sobre tu persona. Esto, sin embargo, no nos debería preocupar demasiado. La ciencia, como los antidisturbios, tiene tendencia siempre a darte con la porra de la intersubjetividad. El sadismo que deberíamos agradecer en cambio, es el de petit comite pues sólo allí se empieza a decir algo real sobre nosotros. La gente que ha llegado a conocernos , si es que realmente ha llegado a hacerlo, jamás se atreverá con la traducción pues el verdadero cosmopolita nunca abandona el petit comite para marcharse al foro. Hay, pues, dos preguntas esenciales que deberíamos hacernos cada vez que alguien disfruta demasiado pasando de lo particular a lo universal en nuestra presencia. La primera, obviamente, es dónde está la porra. La segunda es: " ¿ conozco yo a este tío de algo?".

miércoles, 4 de mayo de 2011

1018

Veo un anuncio de Rachel Weisz para Loreal. En él esta chica tan guapa habla del "stimulif", un ingrediente activo que reafirma su piel porque "ella lo vale" y porque estimula sus "8 liftantes naturales" y, tras terminar de verlo, se me cae el alma , ésa que no tengo , al suelo, convencido como estoy de haber asistido a la encarnación del mal absoluto en forma de anuncio. Este anuncio, me digo, es el mal absoluto, no los niños muriendo de hambre en Kenia, ni las ejecuciones con inyección letal en Texas, ni el gas sarín, ni siquiera Donald Rumsfeld. Nada de eso.El mal absoluto se presenta en forma de ingrediente activo porque él lo vale. El mal absoluto es una cremita que nos untamos cada día sin necesidad simplemente porque Rachel nos lo pide con esa carita de geisha pálida. Millones lo hacen cada día. Geishas recatadas, vampiros apolíneos, guerreros homoeróticos y vikingos superfolladores nos piden cada día que nos untemos cremita y compremos colonia y nosotros vamos y lo hacemos porque también lo valemos aunque no lo valgamos. Y eso, admitámoslo, es terrorífico, untarnos una cremita y creernos como Rachel, porque la verdad es que Rachel, al untarse cremita, nunca se ha sentido como nosotros.
¿ Con quién, pues, se identifica Rachel cuando se unta cremita? Nosotros esto lo desconocemos por completo. Vivimos a oscuras y compramos cremita. Quisiéramos saberlo, descubrir la verdadera cremita que se unta Rachel y en quién piensa cuando se la unta. Después del anuncio, nosotros ya no podemos evitar pensar en ti y en tus 8 liftantes, querida, pero tú tenías un margen y ahora ya lo has echado todo a perder.

viernes, 29 de abril de 2011

1017

Si Dios o la selección natural no nos han vuelto telépatas y aún nos conservan los brazos, es porque por ahí arriba hay alguien muy seguro de que no existe palabra que pueda confortarnos.

1016

Vivimos en la ilusión del perfeccionamiento, creemos que podemos pulir asperezas , entender a los demás, mejorar la comunicación, avanzar siempre hacia adelante. Intentamos cada día que la política se convierta en una ética y nos enfrentamos a los demás con esa convicción que hemos alentado dentro de nosotros mismos. Nuestras relaciones cada día son más públicas porque creemos que podemos poner puntos de vista en común y sortear los obstáculos. Pero no podemos sortear los obstáculos. Nunca hemos podido. Apreciamos a los demás hasta que tocamos hueso y en este punto ya nos perdemos. Poco a poco, esta prudencia se va convirtiendo en el ingrediente principal de nuestras relaciones y se trata de una prudencia política: el arte de no nombrar lo que no está en el orden del día. Nos acostumbramos a vivir así lejos de cualquier idea de eficiencia y ese deficit nos va matando. Alguien entonces siempre quiere hablar de ello. Pero no se puede hablar de algo que no está en el orden del día como si estuviera en el orden del día y ya sólo nos queda romper la baraja.

jueves, 28 de abril de 2011

1015

Cuando era más joven, quería ser poeta. Tenía ese orgullo adolescente de querer destacar usando las palabras, impresionar a mi profesora y todo eso. Pasaba horas escribiendo poemas que ahora casi he olvidado. No sé si he escrito poemas buenos, pero me esforzaba tanto en componerlos y leía tantos otros ajenos que había desarrollado la afilada habilidad de la comparación. Y yo creía que después de todo los míos no salían tan mal parados. Luego hubo una época en que empecé a mostrar mis poemas a las personas que yo creía oportuno sin decirles que eran míos para ver cuál era el efecto que producían. Ya no me atraía tanto la palmadita en el hombro sino la satisfacción secreta de tener que ver con algo que alguien pudiera llegar a apreciar. Era otra clase de orgullo al fin y al cabo, uno que antecede al olvido absoluto de sí mismo que rara vez se alcanza. Con el tiempo mi único objetivo con la poesía ha sido asegurarme de que fuera precisa hasta el punto de no importarme nada más, pues, si algo es preciso, qué importa todo lo demás:¿ puede alguien discutir con el reloj cuando marca la hora? Cuanto más preciso es algo, más inopinable se vuelve. La única poesía que me ha importado desde entonces es aquella que alcanzaba a definir en cada momento lo que mi existencia demandaba. No sé si lo he conseguido pero siempre me gustó este poema justamente porque define con precisión esta idea de poesía.


The miracle
En poemas míos que no valen nada,
creerán ustedes hallar un valor,
una verdad que no se mezcla con el trigo,
un rastro , una revelación,
cualquier perdiz que imaginarse puedan
en sus mentes enfebrecidas de cazadores extraños.

En donde nunca hubo conejo,
descubrirán ustedes la chistera,
sobre un yermo
plantarán sus esperanzas,
platillos volantes divisarán en surcos
obscenamente terráqueos.

Y vendrán a contármelo luego,
a mí - no te lo pierdas - :

al dueño del sembrado.





viernes, 15 de abril de 2011

1014

La tarea más dificil que debe afrontar cualquier ser humano es la de no ser aceptado, no ser comprendido, no recibir ninguna clase de calor.Algunos nunca tienen que enfrentarse a esta cuestión porque han aprendido a cultivar la adoración ajena, pero esos no nos interesan.Quien sabe qué medios desplegar para obtener el resultado que persigue , no es más que un esclavo de la necesidad. Continuamente observamos a individuos que reptan en la mediocridad, que se esfuerzan por complacer, que medran socialmente calculando su amabilidad, descubriendo rápidamente cuales son las reglas de oro del grupo en el que se insertan, sus bromas permitidas, su inteligencia media.

Lo cierto es que es muy dificil sobrevivir sin reconocimiento. La falta de afecto ajeno nos aliena de nosotros mismos, nos derrota inexorablemente y, sin embargo, lo propio de la humanidad es la resistencia. Crear valor allí donde no existe, eso es lo propiamente humano. Es humano quien no se deja vencer, quien se arropa con la manta de su propio afecto, quien viste su orgullo con la misma nada. Esta tarea permanente de autoconstrucción ni es fácil ni es grata. El cuerpo se rebela y añora las prebendas que los demas ya disfrutan. El cuerpo no es paciente y a veces lo daría todo por una sonrisa amable. Pero flaquear siempre tiene como recompensa escenas que nuestra mente ya ha anticipado y resulta inconcebible que podamos escapar del aislamiento de esa manera. Sólo respetamos a quien puede sorprendernos pues añoramos cada día ser distintos para poder - también nosotros- respetarnos.